MIRIAM MAZOVER  |  Fundadora y Directora Académica        

Toda la familia hace el ingreso escolar

Publicado en LA NACION -Opinión de: Javier Diaz

Cómo cambia la dinámica familiar cuando un chico realiza el curso para entrar a un colegio secundario; exigencia doble todo el año y algunos interrogantes

Por Soledad Vallejos  | LA NACION   



Vacaciones de invierno, suspendidas. Actividades como canto, natación, comedia musical, tenis o fútbol, eliminadas del calendario. Salidas los fines de semana, restringidas. En la casa de los Scorofitz todo ha cambiado este año. Delfina, la menor de la familia, está haciendo el curso de ingreso al Colegio Nacional de Buenos Aires (CNBA), lo cual implica que, además de la jornada doble turno a la que asiste en su actual escuela, también va tres veces por semana a un instituto educativo de apoyo y nivelación especializado en el ingreso a colegios secundarios. Pero no es todo. Los sábados por la mañana tiene clases en el Buenos Aires y, como si fuera poco, hay que sumar horas de estudio en casa; un promedio semanal, según los expertos, de unas siete horas repartidas durante la semana.

Es decir que a las 40 horas por semana que Delfina ya tiene incorporadas en su vida escolar se le suman otras 15 extra de estudio, exigencia y dedicación. "Mi mujer y yo somos el sostén, y el esfuerzo es tan grande que si todos no estamos convencidos del proyecto no tendría sentido. Este año el cambio fue radical para todos. Yo más bien diría que toda la familia está haciendo el ingreso", asegura Pablo Scorofitz, papá de Delfina y Catalina, que hoy cursa tercer año en el mismo colegio al que aspira entrar su hermana.

El sacrificio, claro está, tiene para estas miles de familias un argumento sólido, ya que las escuelas que plantean estos ingresos exigentes como el Nacional de Buenos Aires, la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini y, aunque en menor medida, también el Instituto de Segunda Enseñanza (ILSE) y la escuela ORT, entre algunos otros institutos, ofrecen a cambio como apuesta vital para sus aspirantes valores como la excelencia académica, el reconocimiento al esfuerzo o el orgullo por la pertenencia a una institución prestigiosa. Sucede desde hace décadas y el mismo interés por la educación pública de calidad se mantiene en el tiempo. Y tal vez ahí, justamente, radica la novedad.

Para Javier Díaz, psicólogo y supervisor del Instituto Fernando Ulloa, hay algunas cuestiones que deben ser atendidas. "La realidad va a cambiar. Es un error común pensar que el único desafío es a nivel intelectual y que sólo se necesita reforzar el aprendizaje, la disciplina o la presión para que el chico lo logre. El recorrido es de todos, se los debe acompañar y ayudar sin perder la brújula. Y entender que si bien es un objetivo importante, no es la vida o la muerte de nadie. Hay familias que acompañan sólo a un éxito y un fracaso es vivido como una tragedia, un borde muy delicado que padres y hermanos deben cuidar."

Pablo confiesa: "Delfina tiene altibajos, pero muchas ganas. Sin su entusiasmo sería imposible sostenerlo. Y en el barco estamos todos, pero como padres sabemos que hay que estar atentos a lo que le pasa".

¿Qué le pasa a Delfina? De todo. Está cansada, quiere retomar canto y comedia musical, ver a sus amigas y no estudiar tanto. Y se queja, claro, pero sus papás aseguran que a pesar de los altibajos y del ofrecimiento de "dejarlo todo" ella quiere seguir en carrera. "Yo soy ex alumno del Buenos Aires, pero no es por tradición ni mandato que las anotamos a ellas. Cuando nuestra hija mayor terminó el primario, recorrimos otros siete colegios antes de pensar en el Buenos Aires. Ninguno nos convenció, y hoy Catalina está feliz con su escuela."

Y al igual que su hermana mayor, Delfina prepara su ingreso en Silvina y Gustavo, uno de los institutos educativos de apoyo y nivelación especializados que funcionan en la ciudad. En este caso, ya son más de veinte las camadas de chicos que se han preparado en este centro para ingresar en los colegios universitarios, y su experiencia les confirma que la clave está en transformar el esfuerzo en una experiencia positiva para ellos y para sus familias. Tal vez por eso, y para aliviar el tedio del estudio, también se organizan actividades sociales y recreativas, como fiestas y un campamento de fin de año.

¿Es tan necesario el apoyo extra? ¿No alcanza sólo con asistir los sábados, de 8 a 12, al Colegio Nacional de Buenos Aires para estar bien preparados? "Creo que los padres de hace 25 años no tenían tantas exigencias ni tantas actividades extracurriculares. Madres y padres de hoy están sobrecargados, agotados, y para acompañar a un chico en un ingreso hay que tener tiempo, paciencia y conocimiento. También hay menos tolerancia al fracaso, se vive de manera muy angustiosa -opina Gustavo Glasserman-. Por eso buscan en el instituto alguien que, además de enseñarles, los guíe y los acompañe. Somos algo así como la familia sustituta durante el año de ingreso. También los chicos forman lindos grupos de estudio y como todos están en la misma hay un sentimiento de afinidad muy grande."

De hecho, las mejores amigas de Catalina Scorofitz, aunque ya está en tercer año, son del instituto. También Ahuitz Cracciolo (de 12 años), que va a la escuela Granaderos de San Martín y aspira a realizar el secundario en el Carlos Pellegrini, cuenta a LA NACION que en el instituto ya tiene varios amigos, "y los profes también son rebuena onda".

Al igual que Delfina, Ahuitz tuvo que dejar todas sus actividades extraescolares, en su caso fueron taekwondo e inglés. Su mamá, Carolina Gangi, repite algo que se escucha en casi todos los hogares de estas familias: "Básicamente, no hay tiempo libre". Carolina Gangi cuenta que los sábados, después de la clase en el Carlos Pellegrini, la familia completa se junta a almorzar en un restaurante y entre los adultos [la pareja está separada] se ponen de acuerdo para organizar la semana de estudio, ya que los días de su hijo se reparten entre ambos hogares. "El que vino con la idea fue el papá, pero te diría que ahora yo estoy más entusiasmada que él -cuenta Carolina-. Los dos estamos muy comprometidos con el proyecto, y Auhitz siente que todos tiramos para el mismo lado, lo cual es muy positivo.

Como señala el psicólogo Javier Díaz, "estén juntos o separados, este tiempo debe ser construido como padres y esto obliga a la participación de ambos y a un común acuerdo. He recibido niños muy angustiados en mi consultorio por estar en el medio de esta difícil decisión, a la cual encima deben agregarle una guerra de mayores. La discrepancia entre padres puede estar justificada, pero lo exponen al adolescente a una dialéctica insoportable a favor de uno o de otro. Eso lo paraliza, lo angustia y no lo ayuda a crecer, ya que el niño queda como un objeto de los padres y se silencia su propio ideal".

 

EXIGENCIA Y HORMONAS

 

Para Nora Koremblit de Vinacur, psicoanalista y secretaria del Departamento de Niños y Adolescente de APA, hay dos preguntas clave que conviene responder antes de comenzar un año con tantas exigencias. "¿A qué responde la elección de la escuela? Luego detenerse en ese hijo, observarlo y responder si no se trata de un deseo pigmaleónico a imagen o semejanza o si, verdaderamente, es un compromiso asumido por todos y compartido con ese niño."

¿Niño, preadolescente o adolescente? Dejar el primario, un lugar adquirido, sus amigos, sus maestros, su escuela, es un proceso en el que se siente una pérdida significativa, según los expertos consultados. "No sólo hay una pérdida y una etapa que queda atrás, tampoco es sólo una exigencia intelectual abrumadora. Al combo hay que sumarle un despunte hormonal que también es revolucionario -agrega Claudia Amburgo de Rabinovich, médica psicoanalista y especialista en niños y adolescentes de APA-. Suele ser un año en el que aparece la menarca en las chicas y cambios hormonales en los varones. Es un momento donde se juegan muchas cosas, y los chicos pueden vivirlo con estrés. Nadie dice que el esfuerzo no valga la pena, pero hay que saber escuchar a los chicos en sus deseos, dialogar y acompañarlos."

Esfuerzo. La palabra resuena en cada uno de los protagonistas de estas historias. Jorge Lannot, padre de tres hijas, sabe de lo que se trata, y sobre esa cuestión arremete con su fundamento. "Tengo dos hijos en el Nacional de Buenos Aires y una nena en quinto grado, que también hará el curso de ingreso cuando llegue su momento. Trabajo en educación desde hace más de veinte años, y desde que Cecilia, mi mujer, estaba embarazada de Sara, nuestra hija mayor, ya evaluábamos los colegios a los que podría ir. El año de ingreso es duro, pero lo que a mí me queda como saldo es que tenés que estar convencido de lo que estás haciendo y de lo que querés. Muchos padres sólo se rigen por la decisión de los chicos, y no creo que a los doce años sean capaces de decidir semejantes cuestiones. Si uno sabe transmitir el proyecto, sabe acompañarlos y ayudarlos, es un buen intento. No estoy de acuerdo con los que dicen: «Probá un mes y si no te gusta, dejás». No lo veo como un buen mensaje." Y agrega: "Eso no quiere decir que estemos empecinados con que ingrese en el Buenos Aires. De hecho, es algo que siempre les decimos. Aunque aprueben el examen, luego veremos si es el colegio más indicado para ellos".

 

¿VALE REALMENTE LA PENA?

 

Exactamente así piensan Daniel Borré y Gladys Palmieri, los papás de Gabriel, que hoy alterna sus días entre el Buenos Aires English High School, el instituto de apoyo, el estudio en casa y, cuando queda tiempo, un rato de juego con la PlayStation. "Decidimos que lo mejor era escaparnos unos días de vacaciones. Gaby no estaba muy convencido, pero ahora lo agradece. Se despejó, nos fuimos a la playa unos días y todos estamos con más energía. Faltó dos días al instituto, pero ya estamos a tiro de nuevo", dice, entre risas, Gladys, asombrada todavía, aunque haya pasado ya medio año del cambio abrupto que tuvo la rutina familiar. "A veces me cuestiono si vale la pena tanto esfuerzo. Que no pueda ir a jugar a la casa de un amigo, que haya abandonado natación y tenis, que no podamos aprovechar un fin de semana completo para despejarnos. Pero Gaby está contento, le gusta tanto el grupo de amigos del instituto y los profesores que sale con más pilas de ahí que de su colegio actual, y como nota que cada vez está más ordenado y ágil para el estudio se retroalimenta las ganas de seguir."

La mamá de Julián escuchó atentamente a su hijo cuando una noche dijo: "Quiero rendir el examen de ingreso para ir a la ORT". ¿Por qué?, quiso saber ella. La razón, más que académica, tenía una fuerte connotación social. No quería quedar fuera de su grupo de amigos. La mayoría daría el examen, y él también. "Yo creo que a los doce años se puede dialogar muy bien con un chico. Le expliqué que si él quería entrar a la ORT me parecía muy bien, pero que no iba a poder abandonar el inglés y que iba a tener que estudiarlo en una academia, ya que el colegio primario era bilingüe y no iba a perder todos esos años de idioma. Eso no era negociable. Y aceptó", cuenta Lucía Grimberg. "Amigos y hermanos son grandes influenciadores -coincide la psicoanalista Amburgo de Rabinovich-. Lo que ven en sus hermanos mayores, una mayor libertad, la posibilidad de conocer gente o que en la nueva escuela los tratan como adultos son aspiraciones que motivan a los más chicos. Y también cuando en el grupo de amigos más cercano hay otros que van a prepararse para dar el examen de ingreso a otro colegio. Siempre existe el efecto contagio."

Por su parte, Javier Díaz opina: "He tenido pacientes que haber aprobado el examen los ayudó a crecer y unirse a la familia que los acompañó; otros que al no haber ingresado se han sentido libres de un deseo que no era de ellos, y también los que el golpe del fracaso los ayudó a posicionarse como aprendizaje para sus próximas metas. No olvidemos que la realidad de la vida se presenta con logros y fracasos, por tanto ésta es una oportunidad valorable para que los padres le donen una experiencia inolvidable de cómo ser vivida".

 

Pero no siempre las decisiones familiares son tan racionales. En los pasillos de los institutos de apoyo, se escuchan historias insólitas. Como esos padres que hicieron repetir séptimo grado a su hijo para que hiciera otra vez los exámenes de ingreso porque no había logrado entrar al colegio o los que deciden enviar a sus hijos a clases en los institutos de apoyo desde sexto grado (dos años antes) con la esperanza de que puedan sortear la prueba sin problemas.

Citas de reflexión

La única subversión que el psicoanálisis propone es la del sujeto cuando asume su deseo.

Fernando Ulloa

Seguinos en Facebook